Rosana Alonso y Manuel Espada son los responsables de una nueva antología dedicada al género, cuya característica principal estriba en que sus autores, 69, publican sus microrrelatos en la red. Hemos escogido a dos autores que nunca habían aparecido en este blog.
.......Náufrago, por Ana Vidal
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Como cada mañana de sábado, se visten con sus mejores ropas. Ellas, con vestidos largos y hombros descubiertos, pamelas y sombrillas, en este septiembre de bochorno. Ellos, traje claro y pajarita, sombrero de ala ancha y, los más pudientes, reloj de bolsillo y monóculo. Niños y niñas con pantalón corto o traje de volantes. Se arremolinan en el muelle para esperar la llegada del barco que trae a la gente de tan lejos como son capaces de imaginar.
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Los que llegan bajan poco a poco, en orden a su categoría: primero las familias adineradas, el servicio va detrás portando los equipajes; después los de segunda, algunos que pese al viaje tratan de mantener la compostura digna de quien ha hecho algo prodigioso, de quien viaja en ese barco. Y por último los de tercera, los que vienen a buscarse la vida, o la muerte, o algo que no tenían al otro lado del océano y creen que aquí encontrarán.
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Todos bajan menos uno, que se quedó mirando el barco desde la otra orilla. Él, que finalmente decidió no subir.
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Los que llegan bajan poco a poco, en orden a su categoría: primero las familias adineradas, el servicio va detrás portando los equipajes; después los de segunda, algunos que pese al viaje tratan de mantener la compostura digna de quien ha hecho algo prodigioso, de quien viaja en ese barco. Y por último los de tercera, los que vienen a buscarse la vida, o la muerte, o algo que no tenían al otro lado del océano y creen que aquí encontrarán.
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Todos bajan menos uno, que se quedó mirando el barco desde la otra orilla. Él, que finalmente decidió no subir.
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La chica del carrito, por Ernesto Ortega
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Tenía el pelo más corto,
pero se parecía tanto a mí que hasta mi madre nos hubiese confundido. Llevaba
un tiempo observándola. Sujetaba el carrito de un niño y esperaba a alguien,
porque no paraba de mirar el reloj cada minuto, como si necesitase comprobar
que transcurría el tiempo. Éramos prácticamente idénticas.
Me di cuenta de que me estaba mordiendo las uñas. Cuando me pongo nerviosa, no
puedo evitarlo. Es una manía que tengo desde niña. Entonces, llegó él. Lo
reconocí enseguida, aunque habían pasado más de cinco
años desde la última vez que nos habíamos visto. Estaba más gordo y llevaba
barba, pero todavía conservaba la misma sonrisa y la misma mirada que habían
hecho que me enamorase de él. Le dio un beso y luego se inclinó sobre el
carrito y le hizo carantoñas al bebé. Hubiese querido acercarme a ellos y
preguntarles tantas cosas. Averiguar si él había
conseguido acabar Derecho o si continuaba levantándose cada mañana para correr. Pedirle perdón. Saber si ella le seguía
poniendo tres cucharadas de azúcar al café o si había dejado, por fin, de
morderse las uñas. Descubrir si tenían un perro o si habían cumplido su sueño
de viajar a Australia. Me habría gustado coger al niño en brazos. ¿Qué nombre
le habrían puesto? ¿Luis, como él? ¿A quién de los dos se parecería? ¿Tendría
sus ojos? ¿Habría heredado mi nariz? Pero no me atreví. Calle abajo, vi
alejarse mi otra vida.
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