lunes, 22 de agosto de 2011

Nueva York: inteligencia vertical, por Francisco Javier Irazoki

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Un mes en Nueva York da para muchos placeres. Urbe con más de cuatro mil rascacielos, el primero de sus goces viene de una inteligencia vertical. De una rara ligereza que junta edificios gigantescos y no nos impide ver el horizonte.
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Dividida en cinco distritos (Brooklyn, Queens, Manhattan, el Bronx y Staten Island), la ciudad sigue reuniendo los principales alicientes en Manhattan. De las pasiones financieras a la bohemia artística, con descansos en los 93 kilómetros de senderos de Central Park, cualquier empeño encuentra su espacio en Madison Square Garden, en las evocaciones literarias de Greenwich Village, en las fachadas góticas de las residencias próximas a Gramercy Park, en el mirador de Empire State, en las bulliciosas Tercera y Quinta Avenidas, en los mercados de Chinatown y otros tumultos.
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En cuanto empiezo a callejear por Nueva York, aguzo el oído. Es verano y la alcaldía ha organizado conciertos gratuitos. Son casi siempre actuaciones al aire libre. Sesiones calientes de jazz, soul y rhythm and blues. Por ejemplo, en un modesto parque del Bronx, a escasa distancia de tantos deterioros urbanísticos, personas septuagenarias y hasta octogenarias se mueven al ritmo de la música tocada en directo. Bailan con una alegría que embellece los cuerpos cansados. Aquí recuerdo la frase en que Octavio Paz se refiere a la poca gracia física de los ancianos europeos, sumisos ante esa esclavitud que imponen los miedos a la propia imagen y el recato obligatorio.
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Siguiendo el hilo musical, los amantes del jazz acuden al local Blue Note, situado cerca de la Sexta Avenida. Allí están, rodeados de comensales japoneses, David Villanueva, director de la editorial Demipage, y su familia. Villanueva, músico que en la actualidad registra su primer disco en solitario, elogia la destreza del contrabajista Gerald L. Cannon. Pero la mayoría del público ha venido a escuchar al pianista McCoy Tyner, que durante cuatro años complementó con su serenidad el talento libertario de John Coltrane. Tyner no sabe decepcionar. Hoy dirige a Ravi Coltrane, hijo risueño de su antiguo patrón, y a Gary Bartz, cuyas improvisaciones breves son los mejores regalos de la noche.
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Hay también una música que no se encierra en los clubes. En cualquier calle de Nueva York, la variedad sonora de los idiomas. Alrededor del 40 % de sus habitantes es de origen extranjero, con gran número de dominicanos, chinos, pakistaníes, jamaicanos y más judíos que en Tel Aviv. Un Babel tranquilo de 192 lenguas. Al visitante hispano lo protegen acentos de toda Latinoamérica. 
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Tampoco faltan museos de calidad. Sobresalen el de Historia Natural, el Metropolitan y la Frick Collection. En el Whitney, el MoMA y el Solomon R. Guggenhein, igualmente interesantes, desentonan las exposiciones recientes. Frente a un público escéptico, el autismo glorioso (subvencionado) del arte contemporáneo.
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Los turistas fotografían la Estatua de la Libertad. Creada en el siglo XIX por el escultor Frédéric-Auguste Bartholdi, fue un regalo de Francia a EE.UU. Sin que me parezca especialmente bella, la miro recordando un detalle personal. La estructura con armazón interior de hierro y láminas de cobre y la llama bañada en oro de su antorcha fueron fabricadas en el patio de mi vivienda de París. Tiene adherida a su base una placa de bronce con el poema de Emma Lazarus: “Dadme a los hastiados, a los pobres, a las muchedumbres que ansían respirar la libertad”.
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Naturalmente, ninguna cultura, por poderosa que sea, carece de debilidades. La gastronomía popular de Nueva York es menos refinada que la de Francia o España. Puede entristecernos la estampa del neoyorquino que, en su pausa laboral, se detiene entre los arbustos de un pequeño jardín y consume la comida extraída del envoltorio de plástico. No sentarse a la mesa parece una manera de prolongar la tensión del trabajo. El dirigente de atuendo impecable pierde así su elegancia. Como si tuviera el traje manchado por la prisa.
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Para despedirse es aconsejable recorrer el High Line Park. Lo construyeron recientemente en Manhattan sobre las vías de los desaparecidos trenes de mercancías. Se le notan las ideas copiadas de la Promenade Plantée de París, pero con menos ingenio floral y vistas más espectaculares. 
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Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954) es poeta. Desde 1993 reside en París. Sus dos libros más recientes son Los hombres intermitentes y La nota rota, ambos editados por Hiperión. Publica la columna Radio París en El Cultural (El Mundo).
* Las fotos son de Barbara Loyer. ...
* P.S. Durante los meses de agosto y septiembre, publicaré las microcrónicas de viaje que me mandéis, seleccionando las que más me gusten. Tienen que ser inéditas e ir acompañadas de fotos. Gracias.  
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11 comentarios:

Beatriz dijo...

Me encanto este articulo sobre Nueva York. Acabo de regresar de un viaje de cuatro dias, y nada para describir como este escritor. Lo felicito. Beatriz

Ofelia Arango dijo...

Un escrito maravilloso sobre New York. Lo felicito.

Anónimo dijo...

Ezstupenda crónica de Irazoki, que ya es un neoyorkino más.

Juan Gracia Armendáriz

J. G. dijo...

me gusta tu estilo hoy de Muñoz Molina

J. G. dijo...

Perdón J.G. igual a Jesús Garrido de la Torre, vivo en Jaén.

Fco. Silvera dijo...

Leí de un tirón "Nota rota" hace unos días; un tipo al que le gustan por igual Zappa, Gilmour, Machaut o Gesualdo es un alma gemela y rara. Así que allá va mi amistad. Buena prosa.

BACO dijo...

Una crónica que tiene música (Diana Krall por ejemplo) y vértigo.
Un abrazo a los dos.

Rosana Alonso dijo...

Me gustó la crónica, era difícil resumir y no pecar de superficial. Está NY concenctrada, su esencia.



Saludo cordial

Arte Pun dijo...

Me gustó mucho la poesía que cobija sus recuerdos neoyorquinos.
He estado a punto de sacar un billete, menos mal que no he olvidado que ya volví de vacaciones.
Felicidades.

Miguel Ángel dijo...

En pocas líneas una crónica excelente y de trazos certeros de esta camaleónica ciudad, tan joven, tan tentadora. Gracias, Zoki.
M. Á.

Beatriz Giovanna Ramírez dijo...

Querido Irazoki: Siempre es un placer leerte. Transmites vida, tus palabras están llenas de miradas. Un abrazo.